En "Andrómaca", Eurípides nos traslada a la turbulenta época posterior a la caída de Troya, donde Andrómaca, la viuda del noble Héctor, se encuentra en una situación desoladora. Convertida en esclava y concubina de Neoptólemo, el hijo del legendario Aquiles, Andrómaca vive en Tesalia, atrapada en un entorno hostil y lleno de intrigas. Su vida, una sombra de lo que fue, se complica aún más al convertirse en madre de Moloso, hijo de Neoptólemo.
La tragedia se despliega en dos actos claramente diferenciados. En el primero, la tensión se centra en la amarga rivalidad entre Andrómaca y Hermíone, la esposa legítima de Neoptólemo e hija de Menelao. Hermíone, consumida por la envidia y la desesperación por su incapacidad para concebir, culpa a Andrómaca de sus desgracias. Con Neoptólemo ausente, Hermíone conspira con su padre Menelao para asesinar a Andrómaca y su hijo. En un acto de desesperación, Andrómaca busca refugio junto al altar de Tetis, madre de Aquiles. La intervención de Peleo, abuelo de Neoptólemo, resulta crucial al confrontar a Menelao y proteger a Andrómaca, demostrando un inesperado acto de nobleza y justicia.
El segundo acto introduce a Orestes, hijo de Agamenón y primo de Hermíone, quien juega un papel oscuro y manipulador. Movido por su amor no correspondido hacia Hermíone, Orestes urde un complot que culmina en la muerte de Neoptólemo en Delfos. Su llegada cambia el curso de los acontecimientos al llevarse a Hermíone, quien finalmente acepta partir con él. Las maquinaciones de Orestes dan un giro fatal a la historia, y su relato sobre la muerte de Neoptólemo añade un matiz sombrío a la ya trágica trama.
El desenlace de esta obra de Eurípides se produce con la aparición de Tetis, quien actúa como un deus ex machina. Ella profetiza un futuro esperanzador para Moloso, el hijo de Andrómaca, quien está destinado a fundar una dinastía real. Además, Tetis anuncia que Peleo será divinizado y reunido con su hijo, proporcionando un cierre inesperado y trascendental a la historia. La tragedia de "Andrómaca" se erige así como un delicado equilibrio entre el sufrimiento humano y la intervención divina, mostrando una vez más la maestría de Eurípides en la exploración de las pasiones y la condición humana.